Proclama Uruguay Fetish 2026
Hace algunos años levantamos la voz para decir algo que parecía básico, pero que todavía necesitaba ser dicho: existimos.
Existimos quienes disfrutamos el BDSM, el fetichismo y las sexualidades alternativas.
Existimos quienes construimos nuestros vínculos por fuera de los modelos tradicionales.
Existimos quienes encontramos placer, identidad, comunidad y formas de relacionarnos que durante demasiado tiempo fueron escondidas, ridiculizadas, patologizadas o directamente condenadas.
En 2024 dijimos que no queríamos que hablaran por nosotres.
En 2025 reclamamos ocupar los espacios donde se habla de nuestros derechos.
Hoy podemos decir que algunas cosas cambiaron.
Nuestra comunidad creció. Nuestra voz llegó a lugares donde antes no estaba.
Participamos de espacios de diversidad, ocupamos espacios públicos, construimos instancias de educación y encuentro, hablamos con medios de comunicación y conseguimos que algunas de nuestras reivindicaciones fueran escuchadas fuera de nuestra propia comunidad.
Eso importa.
Cada conversación que antes no existía es una conquista.
Cada persona que puede decir quién es con un poco menos de miedo es una conquista.
Cada espacio donde podemos encontrarnos sin escondernos es una conquista. Pero la visibilidad no es igualdad.
Que hoy se hable de BDSM no significa que hayan desaparecido los prejuicios.
Que podamos reunirnos no significa que todas las personas puedan mostrarse sin miedo.
Que seamos más visibles no significa que nuestras prácticas consensuadas dejen de confundirse con violencia o abuso, ni que podamos hablar de esta parte de nuestra vida con un profesional de la salud sin preguntarnos primero si seremos juzgades.
Que nos sintamos más seguros de disfrutar de estas prácticas no significa que otros no sigan poniendo en duda nuestra salud mental, catalogándonos de enfermes o traumatizades.
Y ser visibles tampoco significa estar protegides frente a la discriminación.
Por eso seguimos reclamando una educación sexual en todos los niveles que contemple la diversidad real de las experiencias humanas; profesionales de la salud con herramientas para acompañar sin patologizar; políticas contra la discriminación que no ignoren nuestras prácticas, identidades y formas de vincularnos; y una sociedad capaz de reconocer que existen muchas maneras de construir afectos, familias, intimidad y comunidad.
Pero este año queremos decir también algo hacia adentro.
Una comunidad no se construye solamente habitándola.
Durante estos años creamos espacios que muchas personas hoy sienten propios.
Y eso es algo que celebramos.
Queremos que exista un lugar al que alguien pueda llegar por primera vez con miedo y descubrir que no está sole.
Lugares donde podamos aprender, jugar, conversar, explorar, vincularnos y sencillamente pasarla bien sin esconder una parte de quienes somos.
Pero esos espacios no aparecen espontáneamente.
Se sostienen porque hay personas que ponen horas de trabajo, energía, recursos, exposición, responsabilidad y cuidado.
No creemos que todas las personas tengan que convertirse en activistas.
Tampoco que participar de una comunidad implique pensar igual, obedecer a sus organizaciones o renunciar a la crítica.
Todo lo contrario: una comunidad sana necesita diferencias, discusión y cuestionamiento.
Pero también necesita responsabilidad.
Porque hay una diferencia entre cuestionar para construir y actuar debilitando aquello que después esperamos encontrar disponible.
Hay una diferencia entre pertenecer a una comunidad y simplemente consumir lo que esa comunidad produce.
Y hay una diferencia entre disfrutar de un espacio seguro y asumir que alguien más tendrá siempre la obligación de sostenerlo.
No alcanza con encontrar comunidad.
También tenemos que cuidarla.
Porque ningún espacio está garantizado.
Y tampoco lo están nuestros derechos.
Nada de esto está garantizado.
Durante muchos años Uruguay construyó avances que pueden hacernos sentir que determinados debates quedaron atrás.
Pero alrededor del mundo vemos derechos que parecían consolidados volver a ponerse en discusión, y movimientos que intentan transformar determinadas convicciones religiosas, morales o filosóficas en reglas obligatorias para toda la sociedad.
Vemos discursos que vuelven a presentar la diversidad sexual y de género como una amenaza.
Vemos discusiones sobre qué familias son legítimas, qué cuerpos pueden existir públicamente, qué puede enseñarse y qué formas de vivir merecen protección.
Y desde Uruguay es fácil mirar todo eso y pensar: “Acá no va a pasar.”
Tal vez no.
Pero creer que nuestra historia nos vuelve inmunes también es una forma de bajar la guardia.
Los derechos no son leyes naturales.
Son construcciones sociales y políticas.
Fueron conquistados porque hubo personas antes que nosotres que decidieron defenderlos cuando hacerlo era incómodo, difícil o peligroso.
Y ninguna conquista debería depender de que confiemos en que nadie intentará discutirla otra vez.
Defender la libertad no significa exigir que todas las personas vivan como nosotres.
Una persona tiene derecho a elegir una vida tradicional.
Tiene derecho a profesar una religión.
Tiene derecho a considerar que determinadas prácticas no son para ella.
Tiene derecho incluso a no comprender nuestra forma de vivir.
Lo que no debería poder hacer es convertir esas convicciones personales en restricciones sobre la libertad de las demás.
Tu libertad para elegir cómo vivir tu vida no puede depender de obligarme a vivir la mía de la misma manera.
Por eso nuestra preocupación no se limita al BDSM, al fetichismo ni a las sexualidades alternativas.
Cuando una sociedad acepta que los derechos de una minoría pueden sacrificarse porque incomodan a la mayoría, ninguna minoría debería sentirse completamente segura.
La libertad se defiende cuando todavía la tenemos.
La comunidad se cuida cuando todavía existe.
Los derechos se defienden cuando todavía parecen garantizados.
Porque no queremos volver al silencio.
No queremos volver al closet.
No queremos volver a pedir permiso para existir.
Queremos seguir construyendo una sociedad donde ninguna persona tenga que elegir entre formar parte de ella y vivir honestamente su sexualidad, sus vínculos o su identidad.
Una sociedad donde el consentimiento importe más que el prejuicio.
Donde la diversidad no sea solamente tolerada, sino comprendida como parte inevitable de la libertad humana.
Y donde las conquistas de quienes vinieron antes que nosotres no sean solamente derechos que heredamos, sino derechos que asumimos la responsabilidad de cuidar.
Este año no solamente proclamamos que existimos.
Proclamamos que estamos acá, que construimos comunidad y que no pensamos abandonar los espacios que conquistamos.
Porque la libertad no puede darse por sentada.
Porque nuestros espacios necesitan de nosotres.
Porque todavía queda mucho por conquistar.
AL CLOSET, NUNCA MÁS.
LA LIBERTAD SEXUAL ES UN DERECHO
